Este es un cuento que escribí el otro día en una noche de insomnio. Creo que es la primer obra que publico en mucho (pero mucho) tiempo. Es innegable, ahora que lo releo en frío, la enorme influencia del Negro. Así y todo, espero sus comentarios, el verdadero motor de todo esto.
Viajando con Carlitos
Mariano Eloy Barraza
Tengo que confesar que la primera vez que me llevó Carlitos debo haber prestado sincera atención a no más de un tercio de la colosal montaña de anécdotas que me contaba entre bocinazos y escupitajos. Y es que, siendo sincero, generalmente desacredito de manera prejuiciosa toda anécdota que me intentan contar los tacheros, sobre todo porque a veces tienden a ser exageradas… y más que exageradas un poco mentirosas son, ¿viste?
Pero esa tarde que me subí al Renault 12 de Carlitos tuve que dignarme a asentirle con la cabeza a varios planteos que me hizo, porque ni bien subí, le indiqué que tenía 8 minutos y medio para atravesar todo el barrio y llegar a la canchita de fútbol 5 en la que nos juntamos todos los viernes a la tarde con los muchachos a despuntar el vicio, y me respondió, casi con un tono paternal
-No te preocupes, campeón, acá está Carlitos para llevarte.
Acá quiero aclarar algo: yo no soy un tipo fácil de conmover; pero esa vez las palabras del, hasta entonces, casi anónimo tachero, me hicieron bajar un poco los nervios producidos por la potencial re-cagada a puteadas que iba a recibir de los pibes si les hacía perder más de 5 minutos de partido; ¡si vos vieras como son estos hijos de puta con el tema de los horarios! ¡Justo conmigo, que soy un desastre; llegué tarde hasta al parto, me tuvieron q arrancar de adentro por una cesárea!
Tanto me conmovió el manejero este que hasta le presté atención, te lo juro.
Recuerdo que ni bien terminó de poner primera arrancó con su monólogo… y te digo que venía bien, ya había superado con bastante sencillez la primer etapa de todo discurso tachero; la clásica “protesta anti-social taxístico-nihilista” (siempre, pero siempre, añorando viejas etapas históricas o bastardeando nuestra sociedad en comparación con la de los países del primer mundo occidental, que, de más está decir; no conocen).
Ni bien terminó de comentarme, con bastante delicadeza, qué porcentaje de los impuestos públicos son destinados a arreglar los baches en las calles de Alemania, la casualidad (o la causalidad, hasta el de hoy no estoy seguro) hizo que un 206 tuneado y polarizado nos clave los frenos imprevistamente, estando cuatro metros delante nuestro, obligando a Carlitos a clavar los frenos y demostrar sus habilidades al volante, esquivando, puteada de por medio, al peugeot en plena calle Salta.
De más está decir que, como todo tachero que se precie de serlo, Carlitos bajó la ventana y procedió a hacerle notar su error a el o los ocupantes del auto al grito de
–¿Te crees el dueño de la calle con esa tostadora?¿Y cuando tengas un auto qué carajo vas a hacer, groncho de mierda, villero?
Más allá de lo incómodo del momento, yo no pude contener mi risa. Nunca jamás me hubiera imaginado que Carlitos, un hombre de unos 65 años, bastante delgado y con poca pinta de picante fuera a insultar de esa manera a un auto que, comúnmente, está ocupado por gente joven, que, encima, a juzgar por la actitud del conductor de clavar los frenos en plena calle Salta sin siquiera anticipar su maniobra, la juegan de picantes.
Extrañamente del 206 sólo se observó un solo gesto: un gigantesco brazo salió apenas, casi como escurriéndose con vergüenza y levantó la palma de la mano abierta, en un claro signo de pedido de disculpas. Yo me quedé bastante sorprendido, y hasta me animé a entablar un nuevo diálogo con él, que, extrañamente, fruncía el seño y manejaba aferrado al volante como si fuera un salvavidas en pleno naufragio:
–Mire usted… se ve que todavía hay juventud respetuosa –le comenté-
-¿Respetuosa? Decí que no te permití ver el gesto de esos hijos de mil putas, nene…
-¿Eh?¿De qué gesto me habla, jefe? Los vidrios están polarizados y lo único que salió de ese auto fue un intento de pedido de disculpas –pregunté yo, entre confuso y ofendido por la soberbia del taxista-
-Mirá, nene, no me hagas hablar de más… yo sólo te digo que los vi, los veo siempre, si vos tuvieras estuvieras en mi lugar, probablemente estarías igual que yo en este momento, y me darías la razón; esta generación de pendejos está cada día peor, ya no hay más valores, no hay más hábitos de saludable respeto mutuo…
Si bien seguía sorprendiéndome enormemente la reacción tan exagerada ante un gesto imperceptible de parte de los ocupantes del auto, hay algo que es verdad, yo no estaba en posición de observar a los ocupantes del auto, mientras que Carlitos, al estar sentado frente al volante, quizás tuvo la oportunidad de observarlos por el parabrisas.
Entre bocinazos y anécdotas llegamos a la cancha. Mientras miraba el reloj y me tranquilizaba por haber llegado solamente dos minutos tarde y me disponía a pagarle los ocho pesos que había salido el viaje, inesperadamente, Carlitos apagó el reloj, me dio su tarjeta y me dijo, sin dejarme lugar a responderle ni replicarle nada:
-Disculpame por lo de recién pibe, me fui de mí mismo, nos retrasamos y llegaste tarde al partido… tomá mi tarjeta, llamame para futuros viajes, este lo invito yo; suerte en el partido.
Sorprendido por el buen gesto, pero demasiado concentrado en el partido como para quedarme colgado pensando o contándole a los muchachos, me mandé, sonrisa mediante, a la canchita y de pedo que hice tiempo a elongar antes de largar el picado.
El partido fue muy emotivo: jugamos como nunca, perdimos como siempre. Entre Gatorades y chistes sobre el partido me acordé que se me hacía tarde para ir a cenar a casa, habiéndole prometido a la vieja que iba a llegar a las 9.30, mirar el reloj y ver que eran las 9.20 no era una noticia alentadora.
Agarré el celular como pude y, mientras lo sacaba, se me quedó pegada a la mano por el sudor la tarjeta de Carlitos, de quien, a esa altura, ya me había olvidado completamente.
Al ver que por esa zona no pasaban muchos taxis, decidí llamarlo y, de paso, poder, de alguna manera compensarle el viaje que no me quiso cobrar una hora antes.
Marqué el celular y me atendió instantáneamente:
-Hola, ¿Carlos?
-Si, ¿quién habla? –me respondió, distorsionado por un ruido de estadio de fútbol de fondo-
-Ah, ¿qué tal? Mirá, soy el pibe que trajiste hace una horita acá a la canchita de Zona Norte, te llamaba para ver si andabas por acá
-Ah, no, pibe, ando por el Parque Independencia, pero ya voy para allá; esperame en la puerta
-Eh… no, no, deje, jefe, veo si consigo otro móvil, tengo que estar lo más pronto posible en mi casa, me espera la familia para una cena muy importante –mentí yo, intentando maximizar la situación para disminuir la probabilidad de ofensa del chofer-
-No, nene, haceme caso, ya estoy por ahí… esperame en la puerta, chau.
Y cortó el hijo de mil putas, ¡qué feo momento! No sabía qué hacer. Pobre viejo me había traído gratis y ahora se había comprometido a buscarme, pero, a la vez, yo me había comprometido con la vieja, viste, y es horrible llegarle tarde a ella.
Sin tener en claro qué carajo hacer salí a la puerta, ni bien terminé de guardar el celular en la mochila.
Apenas salí me encontré con una escena increíble: el Renault 12 de Carlitos parado enfrente, con las balizas puestas, moviendo la mano de manera eléctrica, como incitándome a que me apure.
¿¡Qué mierda hacía ahí el viejo este!? ¡Si lo llamé hace 2 minutos y estaba en el Parque cerca del chiquero de los Lepras!
A esa altura ya no me importaba nada, asi que, casi sin pensarlo, me mandé al taxi y le dije la dirección de casa, todavía atónito por la velocidad con la que llegó hasta la zona norte desde la otra punta de la ciudad, en un Renault 12 un sábado a la noche.
Pasaban las cuadras y el viejo me miraba por el retrovisor, como con ganas de charlar, ¿viste?
No tuve mejor idea que darle charla.
-Llegó rápido, jefe, ¿cómo hizo? –pregunté-
-¡Je! Secretos de viejo tachero, hijo, secretos de viejo tachero… los pendejos de hoy no conocen la ciudad como la conocemos nosotros –me respondió, casi sobrándome-
-¿Me va a decir que atravesó esta jungla de cemento en menos de 5 minutos sólo por conocer la ciudad? Usted no estaba en el parque independencia, no me mienta –retruqué, casi agrediéndolo-
-Te lo juro pibe, estaba en el laguito, acababa de dejar a tres lepras que iban al partido… estaba por decirte que no iba a llegar, pero al ver que lo tuyo era una emergencia… hice una excepción, ¿viste?
-¿Una excepción?¿Una excepción a qué? –pregunté, a esta altura ya con ganas de pelear-
-¿Al código de honor nuestro, viste?
-No sabía que los taxistas tenían código. –sentencié, cortante-
-Y es que no lo tenemos… yo me refería a mi código de honor como superhéroe retirado
-Ah, entiendo –dije yo, a esta altura sin saber si cagarme de risa o cagarme de miedo por estar sentado en el asiento de atrás de un demente-
-No, no entendes, se que no me crees; puedo leerte la mente, es más, estas dubitativo sobre si debes reírte pensando que soy un pelotudo, o inmutarte del cagazo porque pensas que estoy loco, no es así?
-Jaja, no me crea tan boludo, jefe –dije yo, ya a esta altura convencido de que el viejo este estaba enfermo del marote, pero que no era peligroso- esta clase de chiste me los intentan hacer todos los días.
-No es un chiste, nene, te acabo de confesar algo muy grosso para mi –me dijo, con un rostro súbitamente serio, dándose vuelta para hablarme, dejando de hacerlo por medio del espejo retrovisor- viajar a velocidades supersónicas es uno de mis tantos poderes, antes lo que pasó con los pendejos del 206 fue que me ofendí mucho por haber visto algo con mi vista de rayos X. Quizás esté viejo como para jugar un picadito, pero estas cosas todavía no me fallan.
- Jajaja –atiné a reir yo, ya sin saber realmente cómo carajo no pasaban más rápido los minutos que me separaban de mi milanesa con papas-
-Mirá, nene, ya estamos por llegar, pero antes de que te bajes quiero que elijas algo, lo que sea, que quieras que te traiga de cualquier lugar del mundo para probarte que puedo viajar a una velocidad superior a la del sonido.
-Bueno –dije yo, aliviado por ver que estábamos en la esquina de casa- apenas me baje quiero que viajes al supermercado más cercano y traigas una latita de coca fría.
Llegamos a casa. Nuevamente se negó a cobrarme el viaje, una vez que cierro la puerta del taxi y me dispongo a abrir la puerta escucho que me llama la atención desde adentro del auto:
-Eh, pibe, no querías esto? –me gritó, sosteniendo una latita de coca-
-Ah… si, muchas gracias, che –le respondí, agarrando la coca con una sonrisa, sorprendiéndome de cuan afortunado era el tipo de tener justo una coca en el auto-
-Seguís sin creerme… qué porfiado que sos… -me reclamó-
-No, jefe, le juro que le creo, es más, ¡lo admiro, es usted todo un héroe! –le respondí ya bastante ofendido y apurado-
-No me crees… date otra oportunidad de probarme, pedime lo que quieras, probame como quieras, vas a ver que no te estoy mintiendo.
-Bueno –dije yo, agotado, pero, a la vez, conmovido por la figura del pobre viejo, vaya uno a saber cuantos quilombos tendría en su vida para necesitar tanto la atención de alguien- hagamos algo… quiero que me traigas un souvenir de
-Eso es a lo que voy – respondió, excitado como un nene en su primer día de clases- ya vuelvo nene, no voy a tardar nada –me gritó a la pasada, mientras ponía en marcha el Renault.
-Andá nomás, yo te espero acá –exclamé, sonriente al ver que por fin se iba el viejardo.
No pasaron más de diez metros cuando vi que el Renault se detenía plácidamente y, el viejo, entre lágrimas y golpes al volante maldecía su existencia y se castigaba y torturaba a puteadas limpias.
No pude hacer otra cosa que acercarme a intentar calmarlo. Teniendo en cuenta de que me iba a ser imposible hacerlo entrar en razón, procedí a intentar consolarlo.
-Quédese tranquilo, Carlitos, estas cosas no son tan graves… usted tiene que entender que, hasta un superhéroe como usted le pueden fallar las habilidades. ¡Un tropezón no es caída, hombre!
-No, pibe, no… no se con qué cara voy a volver ahora con los muchachos del Sindicato
-Pero no , Carlitos, si hasta Batman tuvo sus errores de cálculo y Superman se dio el lujo de morirse... ¡Dos veces!
-Ya se, nene, ya se todas esas cosas…
-Entonces, ¿por qué se pone tan mal, mi viejo?
-Criatura… yo hace casi 50 años que soy superhéroe…
-Ajá… ya lo se, Carlitos, ya lo se –dije yo, tomándole la mano, a esta altura conmovido-
-Y te juro que es la primera vez que no puedo completar una misión, nene, te lo juro por la gloria de
-Bueno, Carlitos… no te preocupes, mi viejo… ya vas a poder hacer hazañas como estas más adelante… Aparte, siempre hay una primera vez para todo –intenté consolarlo nuevamente, realmente emocionado-
-50 años de carrera, pibe… 50 años… y es la primera vez en mi puta existencia que me quedo sin Gasoil. –me confesó, mientras le pegaba otro golpe al volante-
Al final mi vieja terminó pidiendo empanadas al delivery nuevo. Yo quería comer milanesas, pero igual me comí como seis.

5 comentarios:
simplemente me encantó!!
beso marian...
anonimo es anonima...
soy ami.... solo q es de la unica forma q me salio dejar un comentario para vos!!
adios amiguito!
NICE MAN :D me rei un rato en el maldito registro.. mientras leia :D saludos y abrazo...MAX
Muy entretenido y muy "rosarino" :)
Concuerda un poco con mi opinión de que los taxistas son una raza aparte.
A la vez, me baja un cambio porque unos cuantos me hicieron renegar.
Éste está tocado pero es muy tierno.
un beso.
Espero nuevos textos.
Aie D. Luna
Negro, hiciste que me caiga bien un tachero, no es poca cosa.
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